Ayer fue un día extraño. Me había tomado unos días libres en el trabajo para darle un tirón a la novela y desgastar un poco las teclas del ordenador. Llevaba semanas esperando estos días de “fiesta” que me permitiesen sentirme un poco más escritor. Levantarme por la mañana tempranito, seguir mi ritual de prensa, café, blogs, novela. Pero, sin embargo, nada ha salido como yo esperaba.
Me he plantado frente a la pantalla y no sabía cómo coger la página. La he mirado de un lado, la he mirado del revés y no había manera. Así que, como dicta el manual del buen escritor bloqueado, he cogido los trastos y me he metido con la música. Pero tampoco tenía las cosas claras y no acababa de gustarme lo que inventaba. En esas lides ya me había pasado media mañana y, antes de el pánico hiciese acto de presencia, en un acto de determinación, vuelvo a cambiar de ordenador y repaso un cuento que me llevo entre manos. Lo escrito me parece malo y lo por escribir, tartamudo. Ya era la hora de comer y yo con estos pelos. Antes de que el mundo se me viniese encima en forma de reloj y tic-tac por espada vengadora de acero toledano, me marcho a la piscina. El cansancio físico me dejará fino y dócil como un bebé, pero (sí ya son unos cuantos peros) no hay tu tía. El ordenador se me rebela y acabo viendo un documental convencido de que en realidad estoy haciendo labor de “documentación”. ¿Pero qué ha pasado que el día de la escritura se me ha convertido en el infierno de la escritura? Tantos días esperando este día y me he quedado compuesto y sin novia. Las expectativas son malas consejeras.
Y ¿cuál es el auténtico problema de fondo? Lo descubrí por la noche, después de ver una pésima película de terror. Basta con pillarse unos días libres en el trabajo para que las palabras se me escapen entre los dedos. Demasiada presión para tan poco tiempo. Sin darme cuenta me había traído de compañero de correrías al conejo blanco de Alicia. No tengo tiempo, no llego, no voy a llegar… y así me ha ido que me han cortado la cabeza y no me he dado ni cuenta.
Ser escritor es un mar de calma o una tormenta de ansiedad, un día sí y otro no. Buscando horas, o cuartos, para poder escribir una novela y no dejarte la salud mental en ello, o que, por lo menos, no te abandone tu pareja. ¿Hay alguien en el mundo más resignado que la pareja de un escritor/a? Cuando conocí a Leonardo Ropero le pregunté cómo lo hacía para trabajar fuera de casa tantas horas y además escribir dos finalistas del premio Minotauro. Pasando sueño, me dijo, pero cuesta, y tanto esfuerzo cansa, cansa mucho, añadió. Yo, por mi parte, después de dejar pasar un día libre sin adelantar nada de nada, me siento un poco tonto.
Recuerdo el año que escribí La guerra por el norte. (Aquí entra una cortinilla de esas que preparan para un flashback) Estaba en paro, escribía por la mañana, escribía por la tarde, todo el día en pijama, era tan feliz… Algunos que yo me sé estarán pensando: “mira el novatillo que pataleta se ha cogido. Pues prepárate chaval que esto es para toda la vida.” Y yo suspiro resignado. Admiro a los escritores que en un año sacan adelante una novela, algún cuento, una colaboración, mantienen al día un blog, dan un taller y encima trabajan por cuenta ajena porque alguien tiene que pagar las facturas.
Visto lo visto, está claro que más me vale acostumbrarme a este ritmo de vida. Es lo que hay. Y eso es lo que queda. Resulta que la literatura es una carrera de fondo, de resistencia, de las que no se acaba nunca y si no que se lo digan al recién fallecido Ayala, que ha estado en primera división más años de los que yo viviré. Resulta que te preparas durante años, haces calentamientos y, cuando suena la bocina sales corriendo como un potro desbocado lleno de energía. Quieto, animal, poco a poco, que no hay meta ni llegada, que es cosa de luchar cada día para escribir un párrafo y pensar: “mejor que ayer; peor que mañana.”
