El hecho literario, la acción por la que convertimos una invención en letras, sílabas y palabras, es en parte ciencia y en parte magia. Cada mañana, después de anotar sus sueños y pesadillas, el escritor/a se pone su bata blanca y frente a la pantalla, o sobre un cuaderno de cuartilla, agita el talismán de hechicero y utiliza las fórmulas matemáticas que aprendió en talleres y manuales. Así, más o menos, se crea un libro, aunque también se puede aplicar el mismo procedimiento para cualquier obra de arte. ¿Qué pretendo decir con esta delirante alegoría? Pues que la literatura es una dimensión en la que navegamos entre la técnica y el talento. Ya sé que hablé de talento en algunas entradas anteriores y no voy a repetirme, porque lo que me interesa ahora es la forma en que un escritor pilota su embarcación, unas veces con fuerza hacia su destino, otras se deja arrastrar por la corriente, esperando que su buen hacer le lleve a puerto.
¿Conoce el escritor cada recoveco de su novela? ¿Sabe, como oráculo de la antigüedad, el camino que sufrirán sus personajes? Bueno, en principio suena un poco estúpido preguntarse algo así, si no fuese porque el escritor/a, en la mayoría de ocasiones no tiene ni idea de lo que va ocurrir en su libro. Me explico.
La manera en se estructura una novela, pasando de la idea principal al esbozo del texto, es una de las primeras dificultades que nos encontramos cuando decidimos lanzarnos a la aventura de escribir. La idea se convierte en sinopsis, y ésta en un argumento desarrollado en el que comienza a aparecer un ritmo, unas escenas, puentes entre actos y giros del argumento que, se supone, deberían lanzar al lector al tobogán de la lectura. Sin embargo, no siempre resulta tan fácil como parece. A veces, la trama, sin una razón concreta, se desmorona o cambia de un capítulo a otro, los personajes deciden salirse con la suya y el escritor no puede hacer nada por evitarlo.
Hay dos clases de escritores (Hoy estoy un poco trillado, lo sé): escritores arquitectos o de mapa. Y escritores viajeros o de brújula. Veamos qué significa esto.
Un escritor de mapa es aquel que trabaja mucho la fase de construcción de la novela. Desarrolla el argumento y prepara los capítulos de forma minuciosa. De esta forma siempre sabe a dónde va lo que escribe. Conoce lo que pasará en los capítulos siguientes, las reacciones de sus personajes, y quién se muere o se salva al final. No hay demasiadas sorpresas y todo ocurre según lo previsto.
Un escritor de brújula es aquel que pasa de la idea inicial y la sinopsis, a trabajar el texto de la novela, dejándose llevar por su instinto y por las reacciones de los personajes. La trama se conduce a ella misma creando nuevas situaciones cuando lo requiere hacia un final más o menos claro en la cabeza del escritor. Un ejemplo claro de este modus operandi sería el idolatrado Stephen King, un tipo que se pone a escribir una historia que te engancha desde la primera página, de esas que te quitan el sueño, y que al final resulta ser todo obra de unos alienígenas o un espíritu o no se sabe muy bien lo que era que había matado a todos.
Conviene hacer una reflexión y saber qué clase de escritor, o cuál es nuestro procedimiento para sacar adelante una novela. Aunque no puedo recomendar un modo de trabajo a nadie, si puedo ver las bondades y maldades de ambos métodos. Cómo siempre que nos encontramos entre dos opciones, me decanto por el equilibrio en la cuerda floja. Escribir sin una estructura clara, abierto a cualquier cosa y dejando la trama en manos de los personajes es algo realmente difícil y que sólo unos pocos profesionales pueden sacar adelante. Sinceramente, yo lo he intentado y se me desparraman las historias como el delta de un río. Al final me meto en un arrozal, hasta el cuello de agua y sin saber cómo o por dónde escapar. Sin embargo es una opción que da frescura a los personajes, que sorprende al lector y hace ágil la novela. La creatividad no se planea. Por otra parte un guión preparado a conciencia por un arquitecto estricto se sufre menos al escribir, pero también carece de la creatividad del momento y un poco de frescura e improvisación no van mal. ¿No somos los seres humanos imprevisibles e ilógicos dentro de la matemática del mundo?
En mayor medida yo soy un escritor de mapa. Suelo preparar mucho las historias, especialmente los personajes. Pero cuanto más trabajas en un personaje, más independiente se vuelve, más real y autónomo. Intento construir un gran canal por el que fluya la historia, pero los personajes se me plantan y me convierto en uno de esos malabaristas chinos que hacen girar una docena de platos sobre palillos de bambú. Muchas veces me divierte descubrir a dónde llevan caminos insospechados que ellos eligen por su cuenta y riesgo. A veces me equivoco, a veces no. Es parte de la vida y, cómo no, de la literatura.
Para fomentar esos momentos de libertad creativa suelo practicar la escritura automática durante los diálogos. Afortunadamente tengo una rápida mecanografía y mi experiencia en el teatro empuja a mis personajes a mantener conversaciones de las que no siempre estoy seguro qué saldrá. En ocasiones todo va como la seda, según lo previsto, pero otras veces, unas cuantas, me pregunto: ¿pero por qué dijo eso? Y, entonces, todo sufre un violento cambio. El malo de la historia resulta que tenía sentimientos, o el bueno ha sentido celos o envidia o no podía soportar el peso sobre sus hombros del papel que le otorgué como héroe. Es la rebelión de los personajes. A veces sientes pena por ellos al verlos encerrados en un laberinto de sentimientos, a veces los odias. Una vez un personaje se me murió en los brazos, de repente. Acabé un párrafo y me había cargado al protagonista de la novela. En aquel momento me pareció bien, pero luego resultó ser una trampa y la novela en cuestión acabó en un cajón sin final donde guardo todos los proyectos no natos. Es un tétrico lugar; una especie de desahucio de la ficción.
El escritor/a es, en el fondo, un sado-masoquista que disfruta o sufre con el padecimiento de unos personajes que no habían elegido ser los protagonistas de esa historia que se le ocurrió durante un viaje en metro, al salir del cine o en la cola del registro municipal. Como un demiurgo en su cúpula celeste se dedica a tramar pruebas hercúleas en la carrera de aquellos hombres y mujeres hacia la magnitud de su existencia. Aunque también tiene sentimientos y, a veces, las líneas pesan como lápidas y los capítulos suenan a despedida. A pesar de todo, resulta que el creador suelta un resuello cansado de altas horas de la madrugada cuando acaba otra página, anota impresiones y sorpresas, se quita la bata blanca y despide a los demonios invocados. Otro día más de magia y ciencia en la cocina del poeta.
