Últimamente ando tan atareado que, para actualizar el blog me descubro tirando de antiguos artículos publicados o descartados. Y, ¿qué nos enseña eso? Pues que nunca se debe descartar nada. Guardad los borradores, las notas, las ideas garabateadas en papeles arrugados, porque nunca se sabe cuando os sacarán de un apuro. Valga como ejemplo yo mismo. Utilizo un artículo que escribí hace más de seis años y que ya publiqué en su momento. Y me quedo más ancho que largo.
Luego decís que no os enseño nada.
Roma es un gato.
Hace poco tiempo visité de nuevo Roma, la ciudad
eterna. Me gusta Italia y me gusta Roma. Y eso que yo soy de los que las
ciudades grandes le saben a óxido y las aglomeraciones le parecen un tumor
maligno. Sí, me gusta Roma por sus rincones y porque hay romanticismo en las
piedras, pisadas y pateadas por gente que, como yo, busca en el pasado quizá
una respuesta, quizá una pregunta. Pero las cosas resultan no ser tan
complicadas, la sencillez reaparece de forma ordinaria y esfuma todo destello
romántico y lo convierte en poesía de la buena, la que se camufla de esputo,
fogonazo y mamporro.
Las piedras de Roma están bañadas en el recuerdo
de emperadores y los orines de gato. Los callejones saben a vino rancio, a
lluvia, semen, sudor de mendigo, historia caduca, falsa nostalgia y excusa para
fascistas. Los ojos de los adolescentes carteristas del metro se parecen
peligrosamente a los de Augusto. Roma mira al turista con un gesto
extraño, como si no fuera suyo, como si fuera un espejo.
Julio César murió a los pies de la escalinata
del templo D (eso ponía en la guía). Vaya nombre de mierda para un lugar tan
magnífico e importante, se piensa. Pero en lo que cuesta hinchar el pecho de
aire contaminado y asentir satisfecho, casi orgulloso, como si fuese cosa tuya
esas cuatro columnas de doce metros, resulta que ves un gato lamiéndose la
entrepierna en el mismo lugar en que el Imperator expiró su último suspiro.
Julio Cesar muere y un gato (un gato gordo, regordo) se lame la entrepierna;
una asociación tan rápida como un pestañeo.
![]() |
| Sí, aquí murió el Cesar |
Los gatos de Roma son obesos y padecen de
colesterol y triglicéridos, y también de una falta de fe espantosa. Los gatos
de Roma están acostumbrados a tanto turista, a sus grititos de asombro, los
destellos de las cámaras fotográficas y a los “esto es impresionante,
magnífico, fastuoso, qué construcciones”, al “somos parte de la historia.” Y
ellos ponen cara de escépticos, de abúlicos, y se pasean entre columnas para
dejarse caer al sol escaso de la ciudad.
Es lo que tienen los animales, que devuelven las
cosas a su sitio, y al final las estatuas son sólo eso, piedras manchadas de
cagadas de paloma que nosotros nos esforzamos por limpiar, como si la memoria
de todos esos emperadores muertos, de conquistadores y asesinos, se ensuciase,
cuando en su lugar ya no existe. A nadie le importa la memoria de Julio Cesar,
su asesinato en las escalinatas del templo D, sus mentiras en la Guerra de las
Galias, sus escrúpulos en la política. El Cesar se revuelve en su tumba y con
el paso de los milenios quedan las obras de arte, el esfuerzo y el sudor de
esclavos y genios matemáticos, y las meadas de los gatos escépticos que se
chupan el sexo con empeño. Todo vuelve a su lugar, excepto Roma, que siempre
será eterna.


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