Vivir del cuento





El otro día vi un documental —no se puede llamar reportaje porque si no los que saben de esto se enfadan— en que unos pobres indígenas chilenos extraían, sin protección alguna, azufre incandescente que manaba de la roca rota en la falda de un volcán. También hay gente que malvive en las salinas o que muere a bastonazos en las factorías de diamantes al aire libre. Cosas así te hacen sentir un miserable; no nos engañemos, ese es su propósito, que uno se sienta tan mal que cambie de canal o que prometa no volver a consumir azufre en lo que le queda de vida aunque no sepa cuáles son las farmacéuticas que se lo esnifan. Así, cuando uno llega el lunes al trabajo, tras los comentarios jocosos o malhumorados, bañados en café y analgésicos, piensa, aunque no lo piense, que peor están los pobres negritos. Es uno de los grandes axiomas del capitalismo: mal de muchos, consuelo de tontos.
Y los tontos, que nos consolamos de lunes a viernes como si la cosa fuese a solucionarse con un golpe de suerte, con una quiniela de quince, un boleto de lotería premiado, un maletín lleno de dinero. Nosotros, los tontos, pensamos que trabajar es necesario, que algo hay que hacer, que gracias a Dios tengo trabajo, que en estos tiempos ya es suficiente, que no nos pase nada y, por si acaso, que nos pillen confesados.
Sin embargo, los tipos como yo —que además de tonto voy de listo—, los escapistas, que dedicamos parte de nuestro tiempo a ensayar los mejores y más peligrosos trucos de contorsionismo, presos en cadenas hipotecarias, alérgicos a lo conveniente, misántropos por coherencia moral; esos, los artistas, nos quejamos —o por lo menos yo lo hago— ante la obligación de un despertador y una lobotomía de ocho horas a cambio de unas pocas monedas de sal.
Antes de que el lector piense que el aquí escribiente es un vago y un espabilado, que lo es, debo poner como ejemplo y espejo un libro publicado a finales del año pasado por la editorial Impedimenta. Recurrir a un libro es un buen truco; da seriedad a los planteamientos propios; de otra forma siempre puede sacarse a relucir la manida frase: los científicos han dicho…
Sea como fuere, compré el libro de Impedimenta: Trabajos forzados, los otros oficios de los escritores. Lo hice con la intención de buscar consuelo en las rocambolescas penurias de aquellos que me precedieron y sobrevivieron. No puedo negar que el efecto fue inmediato. Imaginar a Gorki de estibador o a Orwell fregando platos calmó lo que Vargas Llosa define “la solitaria del escritor”. Mal de otros consuelo de tontos. Si Kafka sobrevivió a su penosa vida laboral —aunque en realidad no lo hizo—, yo también puedo hacerlo.
Después de leer biografías y anécdotas, chascarrillos y rumores, de esos tipos que robaban, tiempo o patatas en los mercados, para continuar escribiendo, hace que uno no se sienta tan solo. Y es que resulta difícil hacerse entender cuando uno no piensa más que en escribir. Ellos, los escritores, también pasaron por el hastío cotidiano, la mentira de pretender ser como los demás. Dar la espalda a las ideas que surgen durante el almuerzo, rebuscar servilletas de papel para garabatear unas líneas, guardar las ocurrencias hasta llegar a casa. Italo Svevo huía de cualquier asomo de novela para evitar caer en las redes de la literatura y su obsesión irremediable. Huir de la literatura, vestir la máscara de los otros, repudiar lo inevitable. ¿Es posible renunciar a lo esencial de uno mismo en pos de la integración en la tribu?
Yo no quiero trabajar, es algo que siempre he tenido claro. No es que no sepa hacer otras cosas lejos de mi teclado, es que no quiero. Me resulta aburrido, vacuo, inútil, y me siento abúlico, inerte, blando. Releer estas vidas atribuladas, complicadas, que bordean la mendicidad, moral y económica, en pos de una santidad creativa, me hacen sentir mejor, más cerca de mi realidad. Y lo real es aquello que queda escrito al final del día.
Jack London arponeó ballenas en el círculo polar ártico y masacró focas durante cien días, además de muchas otras profesiones que apenas tenían relación unas con otras. Pero las cosas no vienen solas y, cuando vendió su primera novela, le ofrecieron un puesto en una oficina de correos. ¿No puedo incorporarme más adelante?, preguntó. No, fue la respuesta. Y, contra toda recomendación de la cordura económica, renunció al empleo para dedicarse a la escritura.
Hay gente que se echa las manos a la cabeza cuando les digo que, hace cinco años, renuncié a un contrato indefinido en una empresa que no pagaba mal y con un buen horario. Después escribí la que sería mi primera novela publicada. Antes había pasado por la cola del paro, por la cocina de un McDonalds, por la escoba del barrendero, por almacenes polvorientos, por furgonetas de reparto, por basureros nocturnos, por oficinas asépticas, por fábricas automatizadas, por bosques y parques naturales como vigilante forestal. Siempre escribiendo a ratos libres, en lugares incómodos, dando conversaciones robadas a los compañeros de trabajo, vistiendo el uniforme de lo conveniente, pareciendo tanto o más vulgar que cualquier otro. Ahora, en enero de 2012 trabajo como leñador. Talo pinos. Mis manos han encallecido. La piel se me ha vuelto dura, quizá como una armadura triste que no protege del agotamiento cuando cae la noche. Uno se desespera al no encontrar la concentración, las horas justas, las palabras que se escurren como el sudor entre el cejo prieto. Todos los días veo al sol emerger del mar Mediterráneo y pienso que en unos meses regresaré al paro, a las historias pendientes, a la literatura, a la vida verdadera. Lo que venga después no importa, nunca lo ha hecho.

Lunes, 9 de Enero de 2012. Desde mi nueva oficina.



10 comentarios:

Nacho on 09/01/12 19:55 dijo...

Maravillosamente triste reflexión, compañero. U oda a la vida, tal vez. Acabas de escribir y describir mi estado de ánimo, y me temo que el de tantos otros como nosotros.

Ignacio Cid

Velkar on 09/01/12 20:25 dijo...

Ay, mi mare, cómo te comprendo.

Guillem López on 09/01/12 21:25 dijo...

Un mecenas nos hace falta :-)
Un abrazo a ambos.

Claudio Cerdán on 10/01/12 09:46 dijo...

Si pusiera mi vida laboral muchos se echarían las manos a la cabeza, aunque no difiere tanto de la tuya. Nadie dijo que fuera fácil. Es más: conozco a poca gente que se llene el estómago solo con l la letra escrita. Seguiremos en la guerra, compañero.

B. Miosi on 10/01/12 13:18 dijo...

Mi más sincera admiración, Guillem, personas como tú son un digno ejemplo de lo que es ser un Escritor.

Un abrazo,
Blanca

Fernando Alcalá on 10/01/12 18:34 dijo...

Pero cómo me identifico, cómo. A mí es que me gustaría no que me pagaran en euros, sino en minutos. U horas. Y en bebidas energéticas.

Anónima de las 9:59 on 11/01/12 18:32 dijo...

Yo he descargado camiones, me he vestido de perro y de enfermera, he vendido tabaco, libros, cajas desmontables... Mi vida laboral tiene más líneas que Telefónica y eso que no tiene en cuenta ninguno de mis trabajos en negro...
Ahora: escribo. Escribo ficción (por las tardes) y lo que me paga las lentejas es escribir (cosas de empresa por las mañanas) pero, CURIOSAMENTE, vivo de escribir. Cosas muy distintas, pero escribir, siempre escribir. Ay! (suspiro)

Guillem López on 12/01/12 17:36 dijo...

Gracias! Un abrazo a tod@s!!

Martikka on 17/01/12 22:06 dijo...

Ay Guillem...me ataca la melancolía con este post tuyo. Yo también abandoné un trabajo para dedicarme a mi novela, y fue un año productivo, claro que sí, que en breve dará sus frutos, pero el "profesionalizar" la escritura no acabó de convencerme, pues no quise convertir un placer en una obligación. Volví al mundo laboral y también escribo (mails, contratos, etc), pero redacto, y redacto bastante bien y se nota a qué me he dedicado antes. Soy como mis compañeras y a la vez soy diferente, pues a menudo soy "la escritora", y me siento así y no me siento a la vez, y recuerdo que Faulkner trabajó en una oficina de correos, o a Lévi Strauss siendo frutero (http://losmanuscritosdelcaos.blogspot.com/2008/11/el-filsofo-frutero-o-al-revs.html). Eres escritor en todo momento, mientras cortes leña o mientras estás barriendo una calle. Mientras contemplas ese estupendo atardecer, las historias nacen en tí. Quizás no las puedas escribir hoy porque estés demasiado cansado, porque los callos de tus manos te digan basta, pero llegará el momento. El trabajo también es fuente de historias, no lo olvides, y una buena historia siempre está dispuesta a dejarse ser contada por un buen escritor.

VERONICA LEONETTI on 19/01/12 13:11 dijo...

Y es que afortunadamente siempre se puede volver.
Ayer mismo volví yo de Hacienda y de mi trabajo administrativo a dibujar el resto del día. No se puede ir uno a dormir con la sensación de que durante el día solo has estado rellenado impresos.

 

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