El leal, el temeroso y el idiota.



Me molesta una creencia bastante absurda que corre por ahí (redes sociales dixit), referente y referida al arrepentimiento de buena parte del electorado del Partido Popular. En los últimos meses he leído despropósitos a mansalva, casi todos impregnados de revanchismo y mala leche. Comentarios que me recuerdan la poca educación política que sufrimos en España, la poca visión de miras, lo limitado del electorado y el mal pronóstico en lo social si no mejora, y mucho, la concepción de lo social.

Para empezar, entre los no votantes del partido en el gobierno, se extiende la creencia de que muchos de sus partidarios se han arrepentido de su decisión debido a: los duros recortes en educación y sanidad, la poca mano izquierda (nunca mejor dicho) frente a los medios, la escasa educación democrática en el congreso, los silencios de su presidente, el despectivo trato a la oposición, los procesos abiertos por corrupción y financiación ilegal,… Y así es que corren por ahí montajes fotográficos y demás chascarrillos multimedia que se resumen en una frase: ¿Votaste al PP? Pues te jodes.


Y ¿por qué?, me preguntó yo. ¿Por qué un votante debería de sentir aversión por su propia postura política? ¿Por qué debería avergonzarse de lo que votó y alinearse con aquellos que lo acusan de todos los males de su país y de las peores decisiones que se toman hoy en día? Y lo más importante: ¿puede ocurrir eso en España?



Visto lo visto y masticado lo masticable, resulta que es una falacia bastante gorda, además de una visión muy limitada de la realidad, que los votantes de un partido se arrepientan de su elección. El voto de castigo en el estado Español es un hecho anecdótico, una minucia con la que los partidos no cuentan, especialmente en el centro-derecha. Valgan como ejemplo las pasadas elecciones autonómicas o municipales, especialmente en el País Valenciá, donde el partido gobernante se encontraba acorralado por una mala gestión, escándalos de corrupción, etc… Que uno lo haga mal no le asegura al rival la victoria, especialmente si el rival resulta ser un mediocre oponente.

Eso me lleva a las tres justificaciones que encuentra el desesperado votante de izquierdas para encontrar un sentido a sus caceroladas y demás expresiones de rabia y desesperación. A saber: la lealtad, la idiotez y el miedo.

La lealtad: España es un país de bandos, tribus, pandillas, partidos y amiguetes. No importa lo mal que lo hagan los míos, los otros son peores. Defender lo indefendible sin importar la mentira. Y si se defiende a base de gritos en la puerta de un juzgado, a la salida de la cárcel o en un estadio de fútbol mejor que mejor. El fantasma de las dos Españas sigue presente, pero en caleidoscopio psicodélico que da nauseas al marinero más pintado. Esta definición sirve tanto para los guerracivilistas, como para los aficionados al deporte rey, que pueden hacerse fuertes tras el dedo de Mou o los salivazos de Stoichkov, no importa, los otros comenzaron.

La idiotez: El votante es idiota hasta el tuétano. Es cierto, mucha gente piensa que los votantes del bando contrario son lelos, porque, evidentemente, les engañan, les mienten, les utilizan y son culpables de los males que sufrimos el resto. Si tenemos en cuenta que, votantes de PP y PSOE en su conjunto, no llegan a los quince millones de españoles, no deja de ser cierto que una minoría gobierna el destino del resto, y bastante mal por cierto. Nadie se ha parado a pensar que, quizá esos votantes están convencidos de que las medidas que toma su gobierno son las necesarias y obligadas para sacar a España del pozo (ya no es un bache) en que la han metido esos mismos personajes encorbatados en los que delegamos nuestra soberanía.

El miedo: Esta es, sin dudas, la justificación más utópica y romántica de todas. Y es que los votantes conocen la realidad de lo justo y correcto, lo bello y lo sublime que diría Kant. Pero hay miedo, mucho miedo. Asomarse al precipicio de lo desconocido nunca fue plato para el vulgo. Los sistemas sociales se rompen en última instancia cuando ya no pueden soportar más las tensiones provocadas por su propia existencia. La desigualdad, la impermeabilidad de los estamentos, la fuerza del individuo y sus expectativas personales y sociales,… Llegados al clímax de esa pasional historia de celos y amores no correspondidos, los modelos políticos, sociales y económicos se rompen, por sí mismos, y surge algo nuevo, algo diferente. Pero… ¿quién quiere dar el primer paso? Antes de saltar al agua, las ratas se aferran al mascarón de proa que zozobra, esa es la realidad. Así que miedo, mucho miedo a dar la espalda a los que nos explicaron cómo era el mundo en que vivimos y cómo debíamos comportarnos según sus reglas.

Las pasadas elecciones en Grecia demuestran que el pueblo todavía confía en una solución política, en un tratamiento que duela, pero no mucho, que todo vuelva a ser como era, con sus bancos, sus préstamos, su seguridad social, su televisión por cable, sus barbacoas los domingos… y no se le puede culpar por ello. ¿Quién no quiere vivir tranquilo, ajeno a revoluciones y nuevos paradigmas sociales y económicos que llevará décadas asentar y ajustar?

Atacar a los votantes en Grecia es como atacar a los votantes en Andalucía, y eso nos pone en el mismo bando. Así pues, por favor, no juzguemos a los que votaron por el inmovilismo político, por la continuidad económica, por darles un voto de confianza a los plutócratas que nos gobiernan. Quizá dentro de unos años, necesitemos esos votantes para construir una sociedad mejor, más justa.

5 comentarios:

Juan Carlos Lesmes on 21/06/12 11:49 dijo...

Lo decía Escohotado en la canción de Calamaro "Respeto, eso pasa poco ahora".

Los marcos congnitivos en la derecha parece que son más fuertes que en la izquierda, de ahí su escasa propensión a cambiar el voto.

La izquierda (con poca perspectiva histórica) parece más aferrada a ideas que aunque trasnochadas les sirven para enmarcarse e identificarse y no pensar en un futuro diferente.

El nuevo paradigma está por definirse, estamos sólo en los albores del mismo y un cambio tan grande no es tan sencillo, lo que pasa es que el resto de cambios van muy deprisa y claro lo que sucede sin visos de cambio nos parece una eternidad.

Guillem López on 21/06/12 11:58 dijo...

Muy acertado. Décadas llevarán estos cambios a todos los niveles, pero nos hemos acostumbrado a lo instantáneo, lo automático, y para la que se nos viene encima hay que ser muy paciente y andarse con pies de plomo. Construir un nuevo paradigma social y económico requiere de buenos cimientos.

MIGUEL ANGEL on 21/06/12 13:23 dijo...

Muy acertado artículo. Opino igual. Como no se castiga de verdad a PP y PSOE (y eso que hay muchos partidos para votar), éstos últimos hacen lo que les da la gana.

No me extraña la desilusión de los votantes de izquierdas: los políticos del PSOE son tan señoritos y tan caciques (os recomiendo un análisis de mi querida Andalucia) como los del PP. Para eso algunos se decanta por el PP (al menos no llevan máscaras).

Nos falta cultura democrática, pues el mayor poder que tenemos, el voto, es de muy poca calidad si no hemos conseguido en 30 años que nuestros políticos se pongan las pilas.

Un abrazote desde Málaga
MIGUEL ANGEL

Mauro Hinojosa Alcántara on 22/06/12 10:02 dijo...

Y vaya si llevará décadas. Es un cambio tan profundo, tan desde los orígenes, que nos toca lo visceral, la fibra misma del español medio, el hidalgo por antonomasia, que no trabaja porque eso es para pobres.
Cada vez más me convenzo de que todo empieza por la educación, por la concienciación de quienes somos y de qué hemos sido históricamente. No es para criticarnos, es para aprender, es para avanzar. No es para hacernos de menos en el pasado, es para hacernos más en el futuro. Somos un crisol de génesis, nuestro pasado genético se remonta a las esquinas más ignotas del mundo. Nos une más la indolencia de nuestro entorno, no sé si el buen tiempo es así de traidor, que las visicitudes de nuestra propia naturaleza.
Pero si olvidamos eso de "somos" y pensamos más en "estamos", si nos sacudimos esa fascinación enfermiza por el atropello, la picardía vista como sacar partido, el engaño, la hipocresía, quizá no perdamos tampoco nuestra esencia, que mola eso de que la sangre también nos hierva de vez en cuando, y empujemos juntos ese carro tan nuestro... el que nos robó otro español más avispado.
Lo decía mucho mi padre. Los españoles que trabajan son los mejores por su capacidad de anticipación, su capacidad de improvisación, su voluntad indomable... eso sí, para encontrar un español que trabaje...

Ufinder on 28/06/12 18:55 dijo...

Completamente de acuerdo con tu opinión, que han despertado en mí nuevas dudas: ¿Será necesario ese cambio social que tanto nos aterra o podremos salvar este viejo y gastado sistema? ¿Cual es el camino correcto? ¿Está la clase política actual preparada para afrontar los desafios presentes y futuros, o están demasiado atados por su pasado? ¿Necesitamos una nueva hornada de politicos que den confianza a los sufridos ciudadanos de a pie y camiseta?

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